¿Por qué no está involucrado Fidel Castro en el escándalo de los “Panama Papers”?

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Por: Douglas Calvo Gaínza/ Tomado de Tercera Información

En estos días ruge el orbe con las noticias de Panamá. Ya renunció un primer ministro nórdico, y habrá que ver quienes siguen cayéndose en este juego de bolos. Hasta el señor Putin (quien tanto criticara a Lenin, no mucho ha), ve hoy rondar en torno suyo a la sombra de posibles acusaciones por “blanqueo de capitales” (inculpaciones que al líder bolchevique, con su raída levita negra en pleno Kremlin, jamás ni su archi-enemigo Winston Churchill habría soñado con imputarle).

Ante tantos comentarios sobre paladines implicados o no en tales trapacerías, recordamos la frecuente acusación contra Fidel Castro Ruz, a quien la Forbes nombró como una de las personas más ricas del mundo, al nivel de reyes, recibiendo una réplica contundente del marxista.

Hoy los magnates políticos neoliberales de todo el orbe se agitan y tiemblan ante tales hallazgos panameños. El supuesto autócrata cubano espera tranquilamente su 90 cumpleaños, sin inmutarse por tales conmociones. ¿Por qué? ¿Acaso no es él un “terrible y megalómano dictador que ha expoliado las arcas cubanas”? ¿Cómo puede hallarse tan sosegado?

Hay “sabios” quienes lo comparan con Pinochet (¡). El “Pinocho” era un títere de las derechas, y con todo no pudo evitar que a la postre se le hallaran más de 100 cuentas “sucias” con millones de dólares fraudulentos. Caso similar fue el de Noriega, gran amigo del Imperio quien luego tuvo la mala idea de pretender “acaudillar por su cuenta”, y siendo derrocado, también pagó por lo del “lavado de dinero”. Ahora bien, en el caso de Fidel, ¿Con tantos esfuerzos de Inteligencia enemiga, cómo no se han detectado sus famosos “caudales”? Algo falta aquí, para completar la figura del “déspota opresor del indefenso y sojuzgado pueblo cubano”.

De hecho, faltan muchísimas cosas. No sólo brilla por su ausencia su implicación en esos escándalos financieros ilegales, donde resbala más de un gerifalte del llamado “mundo libre”, sino que tampoco aparecen en el rebelde barbado otros aspectos psicológicos típicos de los sátrapas represores. La imagen emblemática (para las derechas) sobre la guerra de Iraq, no son los niños quemados por los misiles de USA, sino una estatua enorme de Saddam Hussein siendo derribada a tierra. Si esa invasión hubiera ocurrido contra Cuba, no hubiera habido tal efigie-coloso para ser derribada.

Aquí no se ha cambiado el nombre de “Provincia & Ciudad Habana” a “Provincia & Ciudad Fidel”, como sí renombraba en sus predios aquel dominicano del “Dios y Trujillo”. No tenemos noticieros obligatorios en el cine sobre el gran líder y su claque, como ésos que sí se proyectaban en tiempos del “Tacho” nicaragüense. No existe la “zona marítima Comandante Castro Ruz”, como sí hubo en Paraguay un “puerto Presidente Stroessner”. Nuestro dinero no lleva el retrato del “Duce cubano”, a diferencia de aquellas monedas con “Francisco Franco, Caudillo de España por la Gracia de Dios”. De hecho, se le llama simplemente “Líder Histórico de la Revolución cubana”, mientras que al siniestro Idi Amin debía aclamársele como “Señor de todas las bestias de la Tierra y de los peces del mar”…

Por demás, que no se ofenda más al pueblo cubano, insinuando que somos incapaces de sacudirnos de encima una tiranía. Podemos, y lo hemos demostrado con Machado y con Batista. Si somos una “desdichada masa oprimida, enemistada contra un régimen oprobioso”, ¿dónde queda nuestra capacidad moral, al haber desaprovechado tantas oportunidades cómo hemos tenido desde 1991 hasta hoy, para alzarnos masivamente y derrocar al gobierno? No se nos injurie más: los cubanos no somos menos que los demás pueblos, donde (salvo rarísimas, pero que muy raras excepciones) casi todos esos tíos que se imponen, son sacados a patadas. Aunque se rodeen de “Camisas negras”, “Tonton Macoute” y toda otra suerte de para-militares que efectúen genocidios en masa, con todo la suerte del déspota suele ser negra. Los más afortunados sufren un golpe de Estado (Ríos Montt, Ngo Dinh Diem) y terminan en el exilio (Lon-Nol, Duvalier); otros se suicidan (como Hitler); otros son ejecutados (Tiso, Ceaușescu, Quisling); hay quien es linchado (como Mussolini y Gadaffi); etc. Pero muy pocos mueren en paz.

Cuando en 1994 cientos de personas se lanzaron a las calles de La Habana Vieja (desesperadas por las privaciones en una Isla subdesarrollada que había perdido casi todos sus mercados, y permanecía bajo bloqueo económico imperial), aquí pudo haberse aprovechado el arribo al foco sublevado del anciano político para exterminarlo masivamente, con miles y miles de indetenibles amotinados rabiosos, cuyo mero número ya habría roto las defensas policiales. Ocurrió todo lo contrario: el “Maleconazo” se acabó al instante, y los mismos que minutos antes abucheaban, de pronto aplaudían ese gesto pundonoroso de hacer acto de presencia ante ciudadanos descontentos y dialogar con ellos. Algo que otros líderes mundiales (incluyendo a nuestro “Teacher” Obama) deberían aprender ante sus propias revueltas públicas. O incluso, apenas sobrevenir la enfermedad de Fidel, aquí pudimos levantarnos y terminar de una vez con su presencia. Ni ocurrió, ni hizo falta.

Aquél no se aferró a nada. Ni siquiera dio lugar a preocupaciones sobre el no votarle. Más interesado en la Revolución misma que en su propia persona, en el 2008 renunció firmemente al cargo supremo de la República. Ojo: los autócratas nunca dejan el poder voluntariamente, pues el dominar sobre los demás es su razón de ser. A Salazar había que hacerle creer con teatros que todavía estaba capitaneando Portugal, cuando ya no gobernaba. Por el contrario, el insurgente barbado lleva ya ocho años demostrando lucidez y capacidad desde su tranquilo retiro, sin indignos aferramientos a una magistratura, como Franco (quien pretendía ser más fuerte que el Parkinson y la senilidad, hasta que la inexorable guadaña lo convenció de lo contrario).

Y para los que especulan sobre supuestas “divisiones entre Fidel – el irreductible extremista – y su hermano – el pragmático modernista -”, les traemos a la memoria la Revolución Cultural promovida por Mao Tse Tung, quien no resistió el verse relegado por Liu Shaoqi y Ten Xiao Ping, con sus tendencias reformistas. El anciano guía asiático usó su influencia moral para perturbar a la República Popular China, creando un devastador movimiento secesionista: la “Revolución Cultural”. Pero, ¿Quién puede censurarle al promotor de la Revolución cubana el haber utilizado su arraigo para inducir a ni un solo acto desestabilizador contra la actualización del modelo económico socialista en Cuba, promovido por el Presidente Raúl Castro? Nadie.

Quizás todo esto ayude a responder la pregunta inicial: ¿por qué no está involucrado Fidel Castro en el escándalo de los “Panama Papers”? Sencillo: porque él no es ni un politiquero ni un tirano. Es un verdadero revolucionario.

 

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Publicado el abril 11, 2016 en Política y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

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