Fidel Íntimo, Cercano, Laborioso

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Tomado de El siglo

Hablaba en susurro, tanto, que daba la impresión de que todo era confidencial. Durante las jornadas de trabajo, guardaba silencio y me pedía que le leyera.

Katiuska Blanco Castiñeira

(*). La Habana. Recuerdo que Fidel se acercó, me dio un beso y un abrazo. Ni su estatura física ni su apariencia eran lo que más me impresionaba. Me sentí como un viajero de paso: el tren se detenía en una estación en el camino y yo conversaba con alguien que permanecería para siempre. Él respiraba despacio, hablaba bajo y miraba limpia y directamente a los ojos. Sus botas agrietadas por los bordes y el desgaste de la piel curtida de los muebles en la habitación me recordaron el tiempo que vivíamos y también una frase suya que lo retrataba: “Prefiero el viejo reloj, los viejos espejuelos, las viejas botas…y en política, todo lo nuevo”.

En esos años parecía que el mundo volvía atrás, que todo lo nuevo era viejo; resultaba casi una quimera moldear un hombre mejor, una sociedad más justa. Él ya era un mito. Junto al pueblo persistía en el sueño que parecía delirio, resistía los embates, las agresiones de siempre y las carencias. Hablaba en susurro, tanto, que daba la impresión de que todo era confidencial -sobre la isla, los hombres, las heridas, El Quijote, las pasiones, el destino, el último combate de José Martí, el Sol, la guerra, los minutos, la Tierra. Con la mirada recorría su presencia para no olvidar un solo pormenor, seguía sus pasos mientras él afirmaba: “Una idea se desarrolla, Katiuska, una idea se desarrolla”. Yo observaba la mano que alisaba el pelo ondulado y blanco, la gorra militar colocada después sobre la mesa, la carpeta de cuero donde apoyaba los papeles para escribir, los dedos larguísimos, el trazo fugaz sobre el papel en el rústico bloc de tapas azules, la frente despejada, el borde de las cejas, los ojos vivos y acuciosos, la barba encanecida, el lóbulo de la oreja, el cuello de la chaqueta militar, el pantalón recto y, otra vez, sus botas, sus viejas botas, limpias y gastadas en las que me detuve al final del reconocimiento indiscreto…

Se tornó memorioso

Volví a verlo de cerca el 13 de agosto de 1996, en las celebraciones por sus 70 años, y al otro día, ya en mi casa, me tomó por sorpresa la llegada de Sergio, un escolta robusto que irrumpió de súbito en la sala. “Apúrese, es un viaje con Fidel a Birán”.

Reconocí entonces mi suerte de presenciar un diálogo entre Fidel y Gabriel García Márquez en un camino inesperado y conmovedor. El Comandante, como dije en aquel momento, tenía razones para vivir la experiencia del regreso a las habitaciones de la infancia y los recuerdos del pasado, convertidos en una historia de impresiones que al final, según él mismo piensa, es la historia verdadera de un hombre.

Allí Fidel se tornó memorioso y se permitió, ante los demás, mostrarse emocionado en lo íntimo. Puso flores en la tumba de sus padres, ahora bajo la sombra de los árboles del batey, adonde fueron trasladados los restos a instancias suyas. “Los cementerios son muy tristes, son algo así como un apartheid; significan tener muy lejos de la casa y la familia a los muertos”…

Enfermó de manera inesperada

En el verano de 2006, Fidel enfermó de manera inesperada. Recuerdo el vuelo desde Holguín a La Habana y la solicitud de un escolta que se acercó desde la parte delantera de la nave. Arrodillada sobre mi asiento, la repetí en voz alta para que se escuchara hacia el fondo del avión: “Están llamando a uno de los médicos, están llamando a uno de los médicos”. Varios de los galenos de su equipo personal acudieron prontamente. A mi lado, atónito, el vicecanciller cubano Jorge Bolaños. Entre los viajeros, solo recuerdo miradas de angustia. Nadie articuló un solo vocablo; se hizo el silencio más profundo que he vivido en toda mi vida. Días después, el 31 de julio, se publicó la proclama dirigida a nuestro pueblo donde el Comandante hizo pública su enfermedad y dio indicaciones a los cubanos para seguir adelante.

El 1º de agosto, la voz de Fidel me sorprendió temprano: al otro día comenzaríamos a trabajar. Se encontraba presto a emprender la ardua labor de ampliar y enriquecer las respuestas dadas al periodista Ignacio Ramonet, pues había prometido una nueva edición del libro Cien Horas con Fidel, y temía que la obra quedara inconclusa, lo percibí en su desvelo por adelantar cuanto fuera posible, a pesar de su delicado estado de salud.

En una pequeña antesala, atenta a cuanto hiciera falta, permanecía Dalia, su esposa. Un día le confesé a ella que lamentaba traerle trabajo al Comandante en tales circunstancias; y con amabilidad en la voz, me alentó, debía pensar lo contrario: traía alegría, tranquilidad.

Presenciaba escenas íntimas en la vida de Fidel

Otra vez presenciaba escenas íntimas en la vida de Fidel. Cuando algunos lo imaginaban como un héroe solitario yo lo vi acompañado todo el tiempo. Su hermano Raúl, una nube de hijos, nietos y otros familiares, amigos y hermanos de lucha, se aproximaban para verlo o saber cómo seguía. La mayoría pasó días y noches sin dormir. Me los topaba a la entrada o a la salida. Estaba otra vez en una zona no develada de su paisaje familiar.

A veces, durante las jornadas de trabajo, guardaba silencio y me pedía que le leyera; yo lo hacía con lentitud porque sabía que la lectura podía propiciar su sueño, la posibilidad de descansar un poco de los desasosiegos que su espíritu debía vencer, algo realmente difícil en él, acostumbrado a la intensa actividad durante largas horas, en décadas de incesante vida revolucionaria y continuos viajes…

Vivíamos con el alma en vilo porque Fidel es nuestra historia. Recuerdo emocionada que cuando me recibió aquel día de agosto, estaba entre la vida y la muerte; sin embargo, me habló con valentía y seguridad de sus últimos disparos al tiempo: se concebía como un fusil guerrillero.

Fue un esfuerzo titánico del Comandante

Como resultado de aquellas intensidades laboriosas vieron la luz dos nuevas ediciones de Cien Horas con Fidel. Fue un esfuerzo titánico de parte del Comandante, pero reconfortaba saber que seguía ganando batallas; cumplió nuevamente la palabra empeñada y disfrutó, aún en momentos tan difíciles, del contacto con la historia y con los acontecimientos internacionales que comentábamos a diario…

Algo que me impresionó fue el fino sentido del humor del Comandante en medio de la adversidad. Una mañana no había conseguido comunicarse telefónicamente con uno o dos compañeros de trabajo y sonriendo me dijo de súbito: “¡El Comandante no tiene a quién llamar, Katiuska!”, en alusión a la novela de García Márquez: El coronel no tiene quien le escriba

Para entonces no había regresado para todos. Su presencia en los diarios era más de palabras que de estampa física. Sin embargo, ya recorría el camino de vuelta desde el insondable tiempo que es la muerte. Me asombraba comprobar la densidad, el volumen de cuanto hacía. Fidel trabajaba en silencio. A veces me confesaba que sentía que se le agotaban las fuerzas…

A partir de ese encuentro lo visité en su casa; me parecía que ya conocía el lugar, pues desde que empecé a investigar sobre su vida había soñado que lo entrevistaba allí, en la sala…Todo había comenzado una mañana de octubre en que eran tantos y tan diversos los temas de que hablábamos que me dijo: “¿Por qué no preparas un cuestionario inquisitorio?”. Aquella pregunta me estremeció: No me quedaron dudas de que Fidel estaba dispuesto a develar historias, perplejidades, juicios, aconteceres que habrían permanecido en silencio en otro momento. Sugerí el estilo literario que obvia las preguntas y va directo a las respuestas en primera persona, pero se negó rotundamente: “Sería un libro muy aburrido, como uno voluminoso que tengo de la historia de Troya”…

Una y otra vez es necesario subir montañas en la Revolución, la humanidad requiere de hombres y mujeres capaces de salvarla: Fidel calza de nuevo sus botas de eterno caminante.

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Publicado el diciembre 13, 2016 en Política y etiquetado en , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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