Perplejidades e incertidumbre con Trump

ACN CARICATURA/ Osvaldo GUTIÉRREZ GÓMEZ/sdl

Por Manolo Pichardo*

Había afirmado en anteriores artículos que el electo presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, no era un fenómeno salido de la nada, sino que su vertiginoso ascenso fue el producto de una sociedad fragmentada y desarticulada por una dirigencia tradicional que, tras la caída de las llamadas democracias populares europeas, apostó al monopolio del poder global imponiendo un punto de mira proyectado desde el prisma de un capital desbordado y sin fronteras, sin darse cuenta que las fuerzas sociales que interactúan para producir las riquezas se mueven de forma constante respondiendo a las leyes de la dialéctica.

 El magnate irrumpió como producto de las fuerzas desatadas a raíz de las políticas neoliberales que usaron de plataforma la globalización, con sus pilares en aperturas de los mercados y su secuela de desregularización que permitió al capital convertirse en el centro de las políticas públicas desplazando al ser humano como eje en torno al cual debían girar las actividades económicas, sociales, medioambientales y políticas para mantener al mundo sobre los rieles de la cordura, y no sobre el vesánico tropel apocalíptico en que los usureros del capitalismo salvaje nos han metido en su obsceno afán de acumular riquezas.

Antes de que fuera electo, advertí de su posible triunfo, afirmé que en él se conjugan los sentimientos de decepción y esperanzas; el deseo de una parte de la población que sentía la decadencia de un país que apostó mal, que calculó mal la globalización en su desmedido deseo de ser la factoría del mundo a base de la mano de obra barata de los que debieron convertirse en simples consumidores: deslocalizaron sus empresas para maximizar sus ganancias; y en efecto, la maximizaron. Se hicieron más ricos, pero provocaron desempleo y precarizaron el que se pudo mantener, con lo que las desigualdades se profundizaron y el ‘sueño americano’ se comenzó a desvanecer; entonces, desvencijada la cohesión social, de la mano (según pensaban) de los líderes políticos tradicionales, se dejaron seducir por el discurso fascista, como dije durante la campaña electoral, de un hombre que prometía devolver la grandeza a su país: traer de nuevo las empresas y con ello ‘devolverles’ los puestos de trabajo perdidos.

El outsider se convirtió en la negación de su antítesis Hillary Clinton, era como la vuelta a Ronald Reagan, era como volver a sepultar a Jimmy Carter, que en realidad fue también un elemento fuera del establecimiento, pero que contrario a él apostaba por un liderazgo más democrático. Se erigió en la figura que se contraponía a Obama, un hombre que, como él, nació de ese cúmulo de frustraciones como alternativa a lo tradicional, pero que desde que despegó su carrera hacia la Casa Blanca, fue cooptado por el establishment.

Ahora, desde la Presidencia, Trump desafía a los sectores de poder que diseñaron el esquema dominante y acompaña ese desafío con acciones que contradicen la recomposición geopolítica provocada por los errores de cálculo de los que quisieron moldear la globalización al estilo occidental. En ese esfuerzo que encamina a su país hacia la revisión de su participación en bloques comerciales y militares pierde de vista que no es posible salir de la trampa de sus antecesores, que no puede obligar a los capitales a retornar, porque éstos no tienen patria.

Un retorno de las empresas a territorio estadounidense con el fin de recuperar empleos y terminar con la precarización de éste volviendo a salarios más decentes es reducir la competitividad de ellas, cuestión impensable en un escenario de agresividad comercial en que países emergentes como China y la India sacan ventaja a remuneraciones que han dado lugar a productos con calidad cada vez más mejorada, lo que ha venido a definir el llamado ‘precio chino’ o ‘precio indio’.

Todo el diseño geopolítico de sus antecesores se fue de bruces, los coletazos de la agonía se evidenciaron en Irak, Siria, Libia con toda la ‘Primavera Árabe’, acciones que trajeron a Al Qaeda, al Estado Islámico y toda suerte de movimientos terroristas que han provocado una orgía de sangre que nos ha conducido al drama de los desplazamientos de millones de seres humanos que quieren llegar al centro de Europa y a los Estados Unidos para sobrevivir al Armagedón. Su embestida contra musulmanes, latinoamericanos y empresas deslocalizadas no harán más que profundizar las divisiones en su país, exacerbar el odio contra la potencia en decadencia y unificar a los que él definió como sus enemigos. Su radicalización no hará más que estimular y afianzar la integración de América Latina, frenada por las sutiles políticas de los demócratas contenidas en un discurso cercano a nuestra región y una práctica contra nuestros intereses como lo demuestran los casi tres millones de deportados de Obama y la conspiración para derrocar gobiernos progresistas.

Trump está atrapado en una herencia de debilitamiento del poder hegemónico estadounidense y el avance hacia la multipolaridad, lo que, en combinación con sus acciones aislacionistas, le llevará al agravamiento de su pérdida de influencias y a una más rápida redefinición de los nuevos ejes del poder mundial.

* Presidente de la Conferencia Permanente de Partidos Políticos de América Latina y el Caribe, y colaborador de Prensa Latina.

 

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Publicado el febrero 9, 2017 en Política y etiquetado en , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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