Mike Pence, el ultraconservador que valida en Chile la injerencia de Trump en Venezuela

Pence está en Chile. Es tan conservador que es capaz de entenderse con la elite chilena. Lo veremos hoy por última vez. El acuerdo ya está pactado. La ofensiva de sanciones políticas y económicas a Venezuela ya ha comenzado y esta gira entrega la señal de una profundización de dichas sanciones, las que llegarán al punto de la intervención. Solo se le ha requerido la necesidad de evitar un golpe propiamente tal. Pero hacer golpes con abogados, ataque monetario y computines es algo que ya se ha explorado. De todos modos, hay que estar orgullosos del rol de Chile: ha participado activamente del proceso de validación de esta injerencia.

Mike Pence aterrizó en Chile el 15 de agosto de 2017. El ultraconservador es famoso por su apoyo a la generación de energía mediante carbón (y su rechazo a las políticas de energías limpias), por su negativa al aborto, por el ‘recorte de impuestos’ más grande de la historia de Estados Unidos y por su tendencia a entrometer la religión en la vida civil, cuestión que le implicó, siendo Gobernador de Indiana, ser criticado incluso por un ala de los republicanos y por el empresariado. En resumen, neoconservadurismo a la vena. “Soy cristiano, conservador y republicano, en ese orden”, ha declarado con tanto desparpajo que hasta se agradece. Trump lo ha denominado “perro de ataque”. Ese es el hombre que aterrizó en Chile para una misión fundamental: otorgar legitimidad en el patio trasero a las acciones a desenvolver por Estados Unidos en el mismo patio.

El 15 de junio pasado, la Casa Blanca anunció la gira latinoamericana del vicepresidente de EE.UU., Mike Pence, en representación del presidente Donald Trump. Exactamente dos meses después, Pence arriba a Chile tras visitar Colombia y Argentina, para finalizar su periplo en Panamá –recordemos, país que el mismo país del norte invadió en 1989– el próximo viernes 18 de agosto.

Su visita tendría dos temas: Corea del Norte y Venezuela.

Respecto al primer país, se buscaba de parte de los gobiernos una ruptura de relaciones diplomáticas. Respecto al segundo, a Venezuela, se buscaba garantizar que el conjunto de sanciones y una potencial intervención política estuvieran avaladas de alguna manera por América Latina. El primer país funcionaba en realidad de coartada, es decir, al no plegarse al apoyo a las acciones contra Corea del Norte, los países latinoamericanos no aparecían concediendo cada detalle a Estados Unidos. Sería una muestra de dignidad por completo irrelevante. Lo que importaba en América Latina no era Corea del Norte (ni en cien años ocurriría eso), lo que importaba era otorgar el aval institucional a las acciones de Estados Unidos como actos conjuntos: “Lo que hagamos, lo haremos unidos”,  dijo Pence.

La relevancia geopolítica contenida en la visita del vicepresidente de Estados Unidos a la región en general y a nuestro país en particular ha sido escasamente abordada, tanto por los medios de prensa a nivel nacional como por la intelectualidad dedicada a analizar los vaivenes de la Foreign Policy, además de los bloques políticos que pugnan en el escenario electoral del Chile actual.

En el primer caso, la prensa escrita ha insertado poco más que breves cápsulas informativas describiendo los preparativos protocolares de la agenda de Mike Pence en Chile, llevados a cabo en exclusividad por la administración gubernamental y el mundo empresarial que se reunirá en torno a la visita. La excepción a la regla la otorga El Mercurio, medio que en su portada del día martes titulaba con la elocuencia correspondiente: “Vicepresidente de EE.UU. dice que Venezuela es una ‘Estado fallido’ que amenaza la región”.

En efecto, la agenda incluía una reunión con la Presidenta Michelle Bachelet, además de sus ministros de Hacienda, Rodrigo Valdés, y de Energía, Andrés Rebolledo. Para hoy jueves, Pence tiene fijado dar un discurso en las celebraciones del aniversario número 100 de la Cámara Chileno-Norteamericana de Comercio (AmCham Chile), organizadora del evento. En sus palabras expresará la visión actual de EE.UU. –y del presidente Donald Trump–sobre Chile y la región. Los representantes políticos invitados, entre los que se encuentran los ministros Heraldo Muñoz (Relaciones Exteriores), Alejandra Krauss (Trabajo) y Carol Perez (embajadora de EE.UU.), serán acompañados por un nutrido contingente empresarial, comandado por el presidente de la Sofofa, Bernardo Larraín, además de altos ejecutivos de empresas como Principal, AES Gener, BCI, Arauco, Crystal Lagoons y Metlife.

A pesar de la relevancia geopolítica de la visita y de los entornos protocolares que encubren decisiones estratégicas importantes para nuestro país y la región, la invisibilidad de esta visita contrasta con la relevancia de tener a un representante de la ofensiva norteamericana liderada por Trump, quien desde que llegó a la Casa Blanca el 20 de enero de este año intenta demostrar, cada día, que efectivamente tiene un botón capaz de destruir el mundo (o un fragmento de él) y que eso perfectamente puede ser compatible con el aumento del poder de Estados Unidos (sin pensar un instante en que el imperio de todos modos está ubicado en el planeta).

La política exterior injerencista que representa pence y su líder Donald Trump tiene dificultades por la crisis interna que enfrenta el Departamento de Estado –evidenciada en las diferencias que mantiene Trump con el secretario a la cabeza de dicho Departamento, Rex Tillerson–, la que se agudizó durante esta última y polémica semana. “No es un momento estelar para la política exterior del país más poderoso del mundo”, afirman los principales medios estadounidenses. Y así es. Pero por lo mismo bien vale visitar el patio trasero y recibir el apoyo y la moral que flaquea ante tanto problema doméstico. Y, por lo mismo, conviene tener lo más cerca posible la posibilidad de un triunfo político contra los ‘villanos’ del mundo.

El martes 8, Trump respondió a Kim Jong-un, manifestando que Corea del Norte podía encontrarse con “una furia y un fuego jamás vistos en el mundo”, en respuesta a las amenazas de Pyongyang de atacar eventualmente la isla de Guam, colonia estadounidense y sede de una base militar estratégica en el Pacífico. Todo esto, en medio de pruebas norcoreanas de misiles balísticos de distinto alcance. El viernes 11, la ONU pidió a los gobiernos de Pyongyang y Washington “cuidar la retórica y bajar la tensión”.

Ese mismo día, Trump cambió el foco beligerante y lo trasladó hacia Venezuela. Para ello, no encontró nada mejor que mencionar explícitamente la posibilidad de una intervención militar en el país llanero: “Tenemos muchas opciones para Venezuela, incluyendo una posible opción militar si es necesario”. Por esos días, desde el Departamento de Estado de los Estados Unidos de Norteamérica se señalaba, a través de CNN en español, que la solución del problema en Venezuela dependía de una decisión… del presidente Trump. El carácter interventor de la política norteamericana volvía a explicitarse sin ambigüedades, pero, siendo el cinismo un signo de época, no parecen ser muchos los que se inmutaron ante el estímulo. El Presidente de Colombia pidió durante la visita de Pence que se descartara la intervención militar. Gran triunfo. Se sacó el carácter militar, pero se mantuvo el concepto de intervención, ahora sonando incluso como una medida pacífica y democrática. Es la ventaja de negociar con el tejo pasado.

La visión de una necesidad de intervención caló hondo en la misma ciudadanía venezolana, que según encuestas de opinión (ligadas al mundo opositor) mostraban una mayoría abrumadora en favor de la injerencia norteamericana. Pero incluso antes de acontecer esto, Trump ratificaba lo que el director de la CIA, Mike Pompeo, declaraba sueltamente en una entrevista televisiva: la pretensión injerencista de EE.UU. en Venezuela; discurso reafirmado también por Rex Tillerson a inicios de agosto.

Las últimas declaraciones de Trump sobre Venezuela echaron por la borda la Declaración de Lima firmada el martes 8 de agosto por cancilleres y representantes de 12 países de América Latina, incluido el representante chileno, Heraldo Muñoz. Dicha declaración tenía por objeto no reconocer la Asamblea Constituyente conformada en Venezuela y expresar su pleno respaldo y solidaridad a la Asamblea Nacional. El offside que provocó Trump a la iniciativa limeña, quedó extraordinariamente resumido por un permanente aliado de la oposición al gobierno de Nicolás Maduro, José Miguel Vivanco, director de la División de las Américas Human Rights Watch, quien manifestó con disgusto desde su cuenta de Twitter: “Desde que Chávez lo nombró su heredero, nadie le había hecho un regalo tan grande a Maduro como la estupidez que dijo hoy Trump”. El propio canciller chileno tuvo que salir a rechazar una opción militar en Venezuela, cuestión que replicó el propio Presidente colombiano, Juan Manuel Santos, quien en la primera escala de Mike Pence en la región pidió a EE.UU. mantener “la presión” sobre Venezuela, pero descartando una intervención militar.

Parece apropiado recordar que, en medio de estas declaraciones, se llevó a cabo el pasado 7 de agosto la ejecución de un ataque terrorista de tipo paramilitar en contra de la 41 Brigada Blindada del Ejército Bolivariano en la ciudad de Valencia. De un modo inédito, este ejercicio fue apoyado en el mundo virtual por un ataque cibernético a 40 portales de internet de instituciones estatales de Venezuela, del cual se responsabilizó un grupo que colgó panfletos en los sitios llamando a una insurrección armada. No por nada, el fundador de Wikileaks, Julian Assange, lanzó un elocuente tuit que descolocó al “liberalismo millennial” que se había entusiasmado con esta especie de advenimiento de la “revolución virtual”: “We’ve found our new Iraq — it’s Venezuela” (“Hemos encontrado nuestro nuevo Iraq… es Venezuela”).

Pence está en Chile. Es tan conservador que es capaz de entenderse con la elite chilena. Lo veremos hoy por última vez. El acuerdo ya está pactado. La ofensiva de sanciones políticas y económicas a Venezuela ya ha comenzado y esta gira entrega la señal de una profundización de dichas sanciones, las que llegarán al punto de la intervención. Solo se le ha requerido la necesidad de evitar un golpe propiamente tal. Pero hacer golpes con abogados, ataque monetario y computines es algo que ya se ha explorado. De todos modos, hay que estar orgullosos del rol de Chile: ha participado activamente del proceso de validación de esta injerencia.

Otra demostración más de que, como dice nuestro canciller Heraldo Muñoz, la política chilena no es solo una política comercial. Y es cierto. He aquí una prueba: Chile postula para ser el padrino de bautizo de la intervención en Venezuela.

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Publicado el agosto 17, 2017 en Política y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

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